Antecedentes Históricos
DE LA ESCUELA DE ALTOS ESTUDIOS A LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS1
La Facultad de Filosofía y Letras se constituye y consolida como tal después de un dilatado proceso histórico. Su origen se remonta a la época colonial, en la Real y Pontificia Universidad de México, y tiene su antecedente directo en la Escuela Nacional de Altos Estudios.
Las raíces coloniales de la Facultad de Filosofía y Letras están, sin duda, en la entonces llamada Facultad de Artes de la Real y Pontificia Universidad de México (fundada en 1553), y particularmente en las primeras cátedras sustentadas por Fray Alonso de la Veracruz.
Los orígenes modernos de ésta se hallan, claro está, en la Escuela Nacional de Altos Estudios, fundada en 1910, como parte esencial de la nueva Universidad Nacional de México. "Escuela de Altos Estudios" fue, en cierto sentido, el "primer nombre" de la que, en 1924, se llamaría "Facultad de Filosofía y Letras". Hay entre ambas una indudable línea de continuidad que hace difícil definir el alcance que podría tener dicho cambio, aunque éste tampoco tuvo un sentido nada más nominal. El decreto por el que se instituye formalmente la facultad llevaba implícita la necesidad de un cambio real, cualitativo, que se irá produciendo de manera paulatina a lo largo de décadas.
La fundación misma de la Facultad de Filosofía y Letras en 1924 implicaba concebir en unidad las disciplinas humanísticas como un campo de estudios con vida propia, suficientemente justificado por sí mismo. El solo cambio de nombre nacía de la idea de concentrar y unificar los estudios humanísticos, anticipando la necesidad de separarlos en otros campos y de otros objetivos y niveles de enseñanza.
A medida que tales estudios se fueron estructurando, que el cultivo creativo de las humanidades tuvo más continuidad y estabilidad, que su enseñanza se fue fortaleciendo con la excelencia de sus maestros y la autenticidad de sus alumnos, la Facultad definió su propia identidad; afianzó y consolidó su sitio fundamental, adquiriendo una mayor seguridad de su destino, lo cual no significa que se hayan eliminado o vencido las amenazas. Se mantiene hasta hoy la lucha por asegurar la autonomía y la irreductibilidad de nuestras disciplinas; por hacer patente y afirmar la razón profunda de ser de la filosofía y las letras, por ellas mismas, sin asimilarse a otra cosa, sin buscar finalidades o alguna utilidad fuera de ellas.
A lo largo de su historia, algunos acontecimientos significativos destacan por haber contribuido de manera decisiva a la consolidación académica e institucional de la Facultad de Filosofía y Letras.
En el transcurso de estos años se ha producido, en primer término, una notable evolución en los diversos aspectos estructurales de la Facultad, que se ha hecho manifiesta en la progresiva definición y organización de sus carreras y sus planes de estudio, en la separación de unos campos y en la subdivisión y creación de otros. A todo lo cual ha contribuido de manera determinante, como es obvio, el crecimiento en el número de alumnos y, en consecuencia, de la planta académica. En efecto, si en 1924 había doscientos treinta y tres alumnos y ahora hay más de siete mil, y si entonces había treinta y cinco profesores y hoy más de mil, es lógico que la Facultad haya tenido que ir renovando sustancialmente su estructura académica y académico-administrativa.
Para la entonces joven Facultad, con quince años de existir como tal, fue decisiva, desde luego, la incorporación, en 1939, de los maestros del exilio español: filósofos, literatos, historiadores, poetas, antropólogos que empezaron a impartir cátedra y a realizar su tarea de investigación desde su llegada a México. Es un acontecimiento de incalculable trascendencia para el país y para la Universidad en general, pero muy especialmente para la Facultad, porque produjo un intenso desarrollo de los estudios humanísticos, cultivados de manera modélica por quienes salían de sus universidades con todo un caudal de ideales y valores que en España quedaban truncos y frustrados, pero que encontraban aquí nuevos horizontes de vida.
Por otra parte, ha tenido singular importancia en la historia de la Facultad -sobre todo para la adquisición de su estabilidad- el contar con su propia sede, primero en Mascarones (de 1938 a 1954) y después en Ciudad Universitaria (a partir de 1954).
Como quiera que se valore, lo indudable es que el cambio a Ciudad Universitaria fue crucial para ese proceso de institucionalización y definición de las disciplinas y áreas universitarias. Las "humanidades" encontraron ahí su propio espacio, perfectamente definido y separado de las "ciencias". Reinaba al fin una clara concepción del orden. Quedaban, en efecto, diferenciadas y separadas las grandes facultades universitarias: Ciencias, Arquitectura, Ingeniería, Medicina, Filosofía y Letras. Lo más opuesto y lejano de lo que fueran aquellas peculiares mezclas que reinaron en la primigenia Escuela de Altos Estudios, e incluso en la primitiva Facultad de Filosofía y Letras.
Otro hecho relevante, de distinta índole y de suma importancia para la afirmación de la vida académica de la Universidad en general y de la Facultad en especial, fue la creación del profesorado de carrera (ocurrida en 1943). Ello implicaba el reconocimiento del significado y del valor de la vida académica como tal, que hizo posible dar estabilidad y seguridad a quienes se dedican de lleno al trabajo académico, tanto en las tareas docentes y formativas como en las de investigación, lo cual, como es claro, tenía un alcance decisivo para las carreras humanísticas, cuyo ejercicio no es propiamente "profesional", sino precisamente académico: se realiza dentro de la misma academia, que es su destino propio y natural.
Sin duda, las tareas de investigación tuvieron un reconocimiento inequívoco, incluso en la Escuela de Altos Estudios y, desde luego, en la Facultad, desde su fundación. También en esto jugaron un papel esencial tanto los creadores del proyecto de la Escuela y de la Facultad, como los profesores exiliados. Para unos y otros, la investigación creadora era inherente al trabajo humanístico, el cual no se concebía sin una participación activa, e incluso original, de sus cultivadores.
Pero, como es sabido, algunos de los principales seminarios (y el llamado "Taller de arte") crecieron y multiplicaron sus trabajos hasta convertirse propiamente en centros o institutos de investigación. En un principio, ellos estuvieron instalados en la Torre I de humanidades, luego se extendieron a la Torre II, hasta que adquirieron nuevos recintos en otra zona del Campus Universitario.
Se produjo así un importante cambio en la trayectoria histórica de la Universidad en general, y en particular de nuestra Facultad: la separación entre institutos y facultades, entre investigadores y profesores. Separación que, sin embargo, ha sido para nosotros relativa por varias razones: una, porque la mayoría de los investigadores de humanidades han seguido realizando tareas docentes en nuestra Facultad, tanto en la licenciatura como en el posgrado. Son incluso notables, en el presente, las tendencias a intensificar dichas tareas, y la vinculación entre los institutos y la Facultad. En especial, la separación es relativa porque, dentro de Filosofía y Letras, sus profesores, sobre todo los de carrera, han continuado haciendo investigación con la misma intensidad y calidad, sin que exista una diferencia sustancial con la que se realiza en los institutos.
Y es que, particularmente en las disciplinas humanísticas, tiene primordial importancia la liga entre la investigación y la docencia, y suele haber una marcada interdependencia entre ellas; más quizá que en otras disciplinas. Esta liga se explica de manera fundamental por las funciones propias del trabajo humanístico, que son las que definen la especificidad de la Facultad de Filosofía y Letras, esa especificidad que la ha venido reafirmando a lo largo de décadas y que ha caracterizado la actividad académica de sus más destacados maestros.
Una de las funciones básicas de Filosofía y Letras es, claro está, contribuir a mantener vivo el legado histórico de la cultura humanística mediante la comprensión y la comunicación de sus obras a las nuevas generaciones. Pero esto sólo es posible si no se trata de una mera información o transmisión externa de conocimientos. La obra humanística sólo pervive en tanto que es interpretada de manera original y no simplemente repetida; en que es, literalmente, recreada.
La otra función primordial de la Facultad de Filosofía y Letras es, sin duda, la reflexión crítica sobre los grandes temas y problemas universales y nacionales, teóricos y prácticos de la historia, del pensamiento, de la educación, de la creación artística, de la sociedad, en suma.
No sólo la conciencia histórica —y en especial la memoria de lo mejor que ha sido y producido el ser humano— es inherente al quehacer humanista. También éste se cifra en la conciencia directa de los hechos y los problemas propios de nuestras diversas disciplinas y, de manera relevante, en la conciencia crítica del presente y del futuro.
Y, en efecto, tal conciencia ha dado lugar en la Facultad a una docencia original, a la vez que una investigación de excelencia que se ha traducido en una importante obra escrita, por la cual muchos de nuestros profesores han hecho aportaciones que enaltecen nuestra cultura, contribuyendo de manera significativa a enriquecer el campo de las humanidades.
Ha sido nota distintiva de la Facultad de Filosofía y Letras la pluralidad de corrientes, de interpretaciones, de tendencias filosóficas, artísticas, históricas, metodológicas. En la medida en que ha ejercido con plenitud sus propias funciones, críticas, formativas, reflexivas, e incluso de promoción de la sapiencia, la Facultad ha impulsado la pluralidad, y de manera señalada, la independencia e individuación de sus profesores y sus estudiantes, ya que otra de las características del saber humanístico es el papel que en éste juega el factor del individuo, de la persona. En las humanidades —análogamente a las artes— se conjuga de manera peculiar lo universal y lo individual, lo objetivo y lo subjetivo. Las ideas y los valores humanísticos tienen un sustrato individual insoslayable; correlativamente, el "sello personal" es parte constitutiva de la obra creadora y también de la misión formativa, del estilo —e incluso del método— de la docencia, la cual, justo por ello, se realiza ante todo por la vía de la ejemplaridad.
A través de su historia, así, la Facultad de Filosofía y Letras, con su noble antecedente en la Escuela de Altos Estudios, ha ido configurando una notable tradición de excelencia, sustentada por varias generaciones, en la entrega vocacional de sus eminentes maestros y eminentes creadores. Son ellos, sin duda, quienes han regido el destino esencial de la Facultad, quienes le han dado su rostro más propio. Pero no a solas: con sus alumnos, sus receptores activos, con quienes ha formado una comunidad dialogante, compartiendo el privilegio, el goce incluso, del "ocio" de los estudios humanísticos. No a solas ni separados de ese vínculo esencial con el futuro que implica la educación.
1 Síntesis del artículo de la doctora Juliana González, "De la Escuela de Altos Estudios a la Facultad de Filosofía y Letras", en Setenta años de la Facultad de Filosofía y Letras. México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 1994, pp. 13-26.


En el transcurso de estos años se ha producido, en primer término, una notable evolución en los diversos aspectos estructurales de la Facultad, que se ha hecho manifiesta en la progresiva definición y organización de sus carreras y sus planes de estudio, en la separación de unos campos y en la subdivisión y creación de otros. A todo lo cual ha contribuido de manera determinante, como es obvio, el crecimiento en el número de alumnos y, en consecuencia, de la planta académica. En efecto, si en 1924 había doscientos treinta y tres alumnos y ahora hay más de siete mil, y si entonces había treinta y cinco profesores y hoy más de mil, es lógico que la Facultad haya tenido que ir renovando sustancialmente su estructura académica y académico-administrativa.
La otra función primordial de la Facultad de Filosofía y Letras es, sin duda, la reflexión crítica sobre los grandes temas y problemas universales y nacionales, teóricos y prácticos de la historia, del pensamiento, de la educación, de la creación artística, de la sociedad, en suma. 
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