Amancio Bolaño e Isla

Amancio Bolaño e IslaLa clase empezaba a las cuatro en punto de la tarde. El sol de invierno entraba a raudales tras del amplio ventanal del salón.

Era mi primer año en la Facultad de Filosofía y Letras e inauguraba el nuevo edificio de la Ciudad Universitaria. La materia se llamaba Fonética del español; el maestro, Amancio Bolaño.

Nos hablaba de un libro que yo había leído en mi infancia, Platero y yo, pero todo lo que decía era nuevo para mí. Tenía que aprender un alfabeto especial y transcribir el texto de Juan Ramón Jiménez, según los signos fonéticos convencionales. El profesor Bolaño leía y entonaba cadenciosamente cada palabra y cada palabra era un descubierto fluir poético-sonoro. Mi incipiente deseo de rebelarme ante la fonética se convirtió en el amor por el sonido, por la poesía escuchada en voz alta.

De Juan Ramón Jiménez pasamos a Garcilaso de la Vega y, para siempre, se me grabó la voz de mi profesor recitando:

[...] el agua baña el prado con sonido alegrando la vista y el oído.

O bien:

[...] en el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba.

Debo confesar que para mí y mi futuro desarrollo como escritora, fue más importante la cualidad del sonido, el tono, el timbre, la intensidad, el acento, que la parte analítica o explicativa de la fonética. No sé si mi profesor estaría de acuerdo conmigo, aunque creo que sí, porque cuando empezaba a publicar en Cuadernos del viento, supe, después, que había elegido un relato mío para estudiarlo en su clase.

Mi recuerdo de Amancio Bolaño, luego de que ha pasado tanto tiempo, es el de una persona de regular estatura, de rostro de rasgos definidos y con un recortado pero espeso bigote. De complexión fuerte, de traje sobrio, caminaba pausado por el corredor central de la Facultad con un desgastado maletín de cuero café oscuro. Cuando llegaba a la clase, lo primero era mirarnos detenidamente, sin hablar, y el silencio se hacía de inmediato. Entonces, se sentaba, acomodaba su maletín sobre el escritorio e iba sacando, poco a poco, los libros que utilizaría en la clase.

Severo, mas con sentido del humor. Disciplinado, pero afectuoso. En ocasiones, brusco, pero siempre sincero y honesto. Sabía encontrar el punto flaco de cada alumno y no vacilaba en decírselo. Por lo que muchos le temían y se esforzaban por corregirse.

Me cautivó su temperamento de gallego indomable y tomé con él todas las materias que enseñaba además de la fonética: Latín clásico, Gramática histórica, el Quijote.

A veces, olvidaba su papel de profesor severo y nos contaba anécdotas divertidas de su infancia en Orense: de cómo los niños le habían puesto el mote de la Vaca a un profesor que pronunciaba la uve como si fuera labiodental. Para, de inmediato, recuperar su carácter pedagógico y explicarnos que ese ejemplo probaba que, en castellano, be y uve son ambos sonidos bilabiales y que cualquier otra forma de pronunciarlos era signo de afectación o de ignorancia.

Otras veces se volvía nostálgico y era presa de la morriña. Nos describía el paisaje gallego y nos recomendaba que leyéramos a Rosalía de Castro o a Emilia Pardo Bazán. No sé por qué siempre he recordado el nombre de un monasterio que, para él, era el lugar más bello del mundo: Santa Tecla. Recuerdo haberlo apuntado en el cuaderno de clase y haberme prometido que el día que fuera a España visitaría ese monasterio. Promesa que aún no he cumplido.

De cada maestro se aprende algo que queda para siempre en la memoria. De él heredé, ahora me doy cuenta —pues nunca antes había pensado en ello—, no sólo el gusto por el sonido de la palabra, sino la manía de llevar un desgastado maletín de cuero a toda clase o conferencia donde voy.

Para mí, el profesor Amancio Bolaño significó el amor por la enseñanza, la firmeza de los principios, la dignidad profesional y la satisfacción de saber que la lección cotidiana había sido trasmitida. Aún veo, por el corredor central de la Facultad, su figura de caminar pausado.

Angelina Muñiz-Huberman