Edmundo O’Gorman

Edmundo O'GormanLa historia es vida. Éste ha sido el principio rector de la obra de Edmun­do O’Gorman, que se encuentra plasmado en la labor de más de medio siglo dedicada a la enseñanza y a la investigación. Poseedor de una vo­cación ejemplar para el ejercicio armónico, profundo y creativo de ambas, O’Gorman es una de las figuras cardinales de la historiografía mexicana contemporánea. A él se debe una de las recuperaciones más importantes del vigor teórico de nuestros estudios históricos, al em­prender una tesonera cruzada en favor de la revitalización del pasado.

Durante poco menos de una década, entre 1936 y 1947 se definieron los rasgos fundamentales de la obra de Edmundo O’Gorman, tanto en sus primeras obras, Historia de las divisiones territoriales (1936) y Fun­damentos de la historia de América (1942), como a través de la cátedra, tarea en la que se inició en la Facultad de Filosofía y Letras de la Uni­versidad Nacional Autónoma de México (1941).

Su formación de abogado potenció las capacidades que poseía para el alegato; la experiencia en el manejo de documentos, adquirida prin­cipalmente en el Archivo General de la Nación, lo dotó de un rigor ex­cepcional para el tratamiento de las fuentes: su pensamiento se nutrió de la dimensión más rica de la obra de Ortega y Gasset y de Gaos. Y todo ello, catalizado por la imaginación y el amor al conocimiento, fluyó para volcarse en la enseñanza y en la investigación, que ha prac­ticado con excelencia singular en el ámbito universitario.

En 1947 dos episodios de su vida intelectual contribuyeron sustan-cialmente al replanteamiento del sentido y razón de ser de la tarea del historiador: la publicación de Crisis y porvenir de la ciencia histórica, editada por la Universidad y, unos meses después, su iniciativa para que en la Facultad de Filosofía y Letras se impartiese, por primera vez, un curso de historia de la historiografía, “dada la tendencia que existe en todas las disciplinas de revisar sus fundamentos”. La publicación y la cátedra fueron obras de madurez del distinguido universitario y fue­ron hitos en la vida académica de la Facultad de Filosofía y Letras. Por estos mismos caminos pregonó, entonces y después, la subjetividad del conocimiento histórico, la significación de las circunstancias par­ticulares para comprender cualquier proceso y la premisa de que el hombre va dotando de sentido al pasado, en función del presente.

Su abundante obra escrita y su desempeño ejemplar en la docencia han hecho a O’Gorman merecedor de las más altas distinciones: profe­sor emérito, Premio Universidad Nacional, Premio Nacional de Letras, miembro de la Academia Mexicana de la Historia. Junto a ellas, testimonian su calidad de gran formador de historiadores, los homenajes y reconocimientos que le han tributado discípulos e instituciones.

La vitalidad excepcional del pensamiento de O’Gorman obedece a que se sustenta en la reflexión creativa y a ella —no a dogmas que con el tiempo se vuelven estériles— ha invitado siempre.

En efecto, O’Gorman debate, busca pruebas, ofrece argumentos con destreza e incita a que sus interlocutores revisen los fundamentos mis­mos de sus ideas y respondan a sus objeciones. Así procedió cuando era el crítico más severo del pensamiento positivista, e igualmente lo ha hecho en varias de las importantes polémicas que ha protago­nizado a o largo de su vida. Y es que para Edmundo O’Gorman, el pen­samiento del hombre es siempre una aventura y, fiel al principio sus­tancial del historicismo, ha vuelto pensamiento y aventura históricos cuanto ha tocado: sus investigaciones en torno al descubrimiento de América, Las Casas, Acosta, Motolinia, Mier; las visiones episódicas o generales de la historia mexicana; los discursos pronunciados al reci­bir las distinciones que con gran justicia le han sido otorgadas.

Todos y cada uno de los temas tratados por O’Gorman han sido pre­sentados por él como acontecimientos únicos, señeros y excepcionales de la vida del hombre, al formularlos con rigor y sistematicidad expo­sitiva, pero sobre todo con imaginación, persuadido de que el pensa­miento es el único campo en el que el hombre posee el atributo divino de la potencia creadora y de que el amor es aquello que insufla vida al pasado.

En algunos momentos se ha considerado que el pensamiento de Ed­mundo O’Gorman, nutrido tan profundamente de inconformidad y espí­ritu crítico, induce a una actitud escéptica. Sin embargo, una cuidadosa revisión de su obra denota que la saludable duda intelectual con la que O’Gorman se acerca a cualquier tema histórico, no es sino un trayecto que halla siempre una nueva esperanza. Cierto, O’Gorman disfruta lle­vando a sus oyentes o lectores por los laberintos y los precipicios de los temas que él mismo ha recorrido; los hace partícipes de la aventu­ra. Y cuando el propio relato parece demostrar que el problema tratado debe ir al desván de los olvidos y el historiador debe retirarse derro­tado, O’Gorman resuelve la aporía, al encontrar una nueva luz para abordarlo.

Así, una y otra vez ha emprendido búsquedas y hallado “revelacio­nes”. Porque solamente con audacia, optimismo, imaginación, rigor y capacidad reflexiva podía haberse trasladado el asunto colombino a planos conceptuales que remiten a los designios del pensamiento occi­dental y redimensionar el pasado de México, para invitar a su asun­ción íntegra y hacer inteligibles los personajes y episodios que las banderías políticas o las visiones unívocas habían vuelto estáticos.

O’Gorman ha dado, con éxito, muchas batallas por la historia. Quizá una de las más fructíferas ha sido la de la enseñanza, expresión cabal de su fe en el conocimiento, y cuya significación reconoce tácitamen­te en la bella dedicatoria de su introducción a la Historia de la guerra del Peloponeso: “con devota amistad, para Eduardo Blanquel y Jorge Al­berto Manrique, mis discípulos que fueron, mis colegas que son, mis maestros que serán”.

 

Gloria Villegas Moreno