Sergio Fernández

Sergio FernándezLa primera cualidad de la palabra de Sergio Fernández es su poder de fascinación. Fueron famosas, por ello, sus clases de literatura de los Siglos de Oro en la Facultad de Filosofía y Letras: cautivaban a un público cada día más admirado y numeroso, que rebasaba los límites del Colegio de Letras Hispánicas y aun de la Universidad. Tal fascinación se debe, por supuesto, a lo que dice, pero también, en primera impresión, a la forma de decirlo: a la energía, que le impide sentarse mientras expone sus más bajas pasiones literarias; al nerviosismo de la mano derecha y de los dientes, que dañan con su incisión constante el labio inferior; a la voz, tan aguda en su forma como grave en su fondo, que una vez dejó convertida en estatua de sal a una alumna retardada; al énfasis que no por permanente debilita la acentuación de todo cuanto dice.

La portentosa vitalidad de sus exposiciones literarias hace comparecer en la tarima, como invocados en sesión de espiritismo, a los escritores más amados; vivos, presentes, actuales por las palabras conminatorias de Sergio Fernández, desnudos de sus ropajes académicos, físicos y miserables, llenos de ponzoña y de dolor. En nuestra escuela, Sergio Fernández ha liberado a la literatura de la solemnidad en la que había sido encarcelada. Con el pretexto de uno de sus dominios más insidiosos, Sor Juana, escribe en Retratos del fuego y la ceniza:
[...] hace tiempo que la literatura me interesa sólo como experiencia personal, sin que tenga nada que ver con motivos académicos o de erudición. Y aunque no podría negar que los hay, no son en mí sentidos medularmente ni medularmente analizados. Si por el contrario me acerco al fenómeno literario de manera íntima, casi subjetiva y poco comunicable por lo tanto, lo encuentro tan al alcance de la mano que un autor, un personaje o una obra literaria más que eso son, para mí, seres vivos en cuanto parte de una convivencia magnífica por absolutamente cotidiana.

Pero Sergio Fernández no sólo tiene la virtud de transformar la literatura en vida; o por mejor decir, de devolverle a la literatura su primigenia condición vital, harto sofocada por la erudición y la academia; sino también, correlativamente, la de transformar la vida en literatura.

Sergio Fernández es un ente literario: literarios son sus afectos, su vida diaria, su óptica, sus amistades, su vocabulario, todo, con excepción, quizás, de su literatura, donde atrapa su único jirón de realidad.

Su veneración por el Quijote no es gratuita. Quien así confunde la vida con la literatura, acaba por confundir, también, la lengua hablada con la lengua escrita. Sergio Fernández es, entonces y además, un escritor oral, si cabe el término, y sería injusto hablar de su obra sin incluir esta veta de su producción.

De una conversación, de una clase, de una opinión, de un chisme, de un comentario a un cuadro, a un disco, a un libro, a una comida, a un vino, a un edificio, Sergio Fernández teje un texto literario. Su capacidad de sorprenderse, como un niño, por la vida v por la palabra que la contiene, hace de la hipérbole uno de sus recursos más insistentes. Sólo así puede expresar su admiración. Todo para él es el tope: el tope del buen gusto, de la belleza, de la perversidad; todo es maravilloso, fascinante, prodigioso, sensacional, para emplear sus más caros adjetivos. Sólo él emplea de viva voz los términos que más que de este siglo de alpaca se antojan de los de Oro. Nadie sino él llama piscolabis a los bocadillos o paquidermos a los elefantes, sin petulancia, sino con extraña sensualidad coloquial: prefiere, por ejemplo, convidar que invitar, merienda que cena, ya vengo que adiós.

De sus palabras sobresalen, arcaicos y hermosos, elegantes y cálidos, sus refranes y sus locuciones adverbiales, que, de no estar presentes en su voz, sólo yacerían en diccionarios de autoridades e ilustres refraneros; ancha es Castilla, miel sobre hojuelas, limpio de polvo y paja, mutatis mutandis, a vuelapluma, a la chita callando. Cuenta la leyenda como Sergio Fernández, mal gramático, tuvo a bien transformar una locución adverbial en un complemento indirecto: hace algunos años, unas señoritas sus alumnas le preguntaron en clase por una fecha o por un nombre que él ya había proporcionado. Encendido por la distracción y por la banalidad escolar de semejantes preguntas que le interrumpieron las inspiraciones, respondió con toda cortesía: “Perdónenme, señoritas, pero yo no doy mi clase a tontas y a locas”.

Para terminar esta apretadísima semblanza, quiero decir que Sergio Fernández es, ante todo, un espléndido lector, de la vida y de la obra de la vida. Lee todo cuanto pasa por su percepción, con los ojos abiertos como platos, siempre sorprendido y con todos los poros de la piel permeables a la literatura de la vida. Y ésa es su enseñanza más generosa. Sólo quien ama con penosa lujuria a la vida y a la literatura es capaz de prodigar su confusión. De aprender algo de Sergio Fernández, es imposible leer un texto como letra muerta; es imposible, también, andar por la vida sin leerla. Como don Quijote a Sancho, Sergio Fernández nos ha hecho ver gigantes donde sólo peíamos molinos de viento.

Gonzalo Celorio